viernes, 9 de septiembre de 2011

             ROSA ROSAE
( Capítulo 1º de, "LA VIDA SECRETA DE CENICIENTA" )




La Historia Oficial siempre la escriben los vencedores.
Por eso, Cenicienta logró articular en torno a su persona una leyenda que, en realidad poco -o, nada- tiene que ver, con la vida real de este personaje. Investigadores de los hechos del pasado, han demostrado el contenido tendencioso y partidista de este cuento.
Todo el mundo piensa, porque durante siglos así nos lo han hecho creer falsas crónicas, que Cenicienta siguiendo los consejos de su hada madrina, huyó veloz de la Corte, mientras daban las doce campanadas. Craso error. Nada más lejos de la verdad. Para campanada, la que dio Cenicienta. Como carecía de principios, de educación, de buenos modales, de gusto y del más mínimo respeto hacia sus semejantes, sufrió un visible y agudo ataque de cuernos, cuando vio al príncipe departir amistosamente, con La Nueva Invitada recién llegada, que a Cenicienta le parecía, más –y, mejor- dotada que ella. Una apreciación subjetiva, pues La Nueva Invitada, ni… era más bella, ni más joven, ni más culta… que, Cenicienta. Pero, cualquiera convencía a nuestra protagonista, de lo contrario.
Cenicienta, que no podía soportar dejar de ser el centro de atención ni por un momento, ni que la ignoraran, repetía insistentemente, " ... como hoy no ha venido nadie, me marcho"...
Una afirmación curiosa, si tenemos en cuenta que en esos momentos estaba presente hasta el Nuncio de Su Santidad, el Príncipe -por supuesto-, y las doscientas invitadas al baile, con sus respectivos acompañantes.
Nunca se sabrá a quién -o, a quienes- esperaba Cenicienta. Es algo que no consta en los Anales de la Historia.

El caso es, que en su afán por llamar la atención de todos los invitados, dio la famosa espantá... que todos conocemos por el cuento. Dijo varias veces, en voz bien alta, para que todo el mundo pudiera oirla,"Me marcho..." y se fue -mucho antes de las doce- como alma que lleva el diablo.
Una falacia más, es la de que "... el príncipe salió corriendo tras ella, llamándola a grandes voces..." No. En realidad, no fue así.
El príncipe... aparentemente al menos, ni se inmutó. Tampoco se movió, ni la llamó. Siguió atendiendo a sus invitados, como si nada hubiera ocurrido. Cenicienta sentía el cetro real, cada vez más cerca de sus manos y, como mujer instintiva que era, razonó -a su manera- que esa anhelada posibilidad de alcanzar la corona, podía desvanecerse si el príncipe dejaba de interesarse por ella, y ponía sus ojos sobre La Nueva Invitada.
Pero Cenicienta, que ya había librado mil y un combates en diferentes batallas, no se dio por vencida ante la que ella consideraba su rival -La Nueva Invitada- y, mientras huía del salón de baile, con voz ahogada por la rabia, iba diciendo como Escarlata O'Hara, ..."Pongo a Dios por testigo, que está por nacer una bruja más poderosa que yo."...
La pobre Cenicienta seguía comiéndose el coco, y rumiaba, ..."El Príncipe es un idiota -como todos los hombres- Yo, me di cuenta enseguida -pero él, no- de que, en realidad, la nueva invitada quiere atraparlo. Ya me encargaré yo de abrirle los ojos (aunque para ello, tenga que utilizar argumentos más contundentes) Prefiero verlo muerto, antes de que caiga en manos de esa lagarta. La nueva invitada tendrá que pasar sobre mi cadáver, si quiere llevárselo."... Y, otras frases por el estilo... tan elocuentes, tan llenas de poesía y lirismo como éstas.
Y en su deambular por el edificio, los espejos mágicos le iban respondiendo, con el estribillo de una canción de moda,
…” te crees una bruja malvada, pero sólo estás intoxicada…
En contra de lo que dice el cuento, Cenicienta no volvió a casa de su madrastra. Cuando se percató de que nadie iba tras ella, dio vuelta sobre sus pasos. Aguardó espiando primero, y luego vagando por las infinitas habitaciones de palacio, hasta que se fueron los últimos invitados, para introducirse en la alcoba del príncipe. Y, allí lo esperó con su cuerpo ya un poco ajado, embutido en una negligée de un rojo encendido, dispuesta a cantarle las cuarenta al pipiolo.
También hay que aclarar, que aunque fuera un secreto celosamente guardado, Cenicienta y el Príncipe ya se conocían de forma íntima. Fue, en uno de los numerosos templos que la Venus terrestre tiene repartidos por todo el mundo. Y, como el Príncipe sabía de los intensos deseos de Cenicienta por alternar en la Corte, le pareció un gesto noble por su parte, no excluir a Cenicienta de entre las doscientas invitadas al baile de palacio.
Cuando el Príncipe fue a acostarse, se encontró en su cama a Cenicienta, quién le dijo... "Qué humillación. Eres un memo. Nunca he pasado tanta vergüenza en mi vida. Ponerte a ligar de manera tan descarada, -delante de mí- con la nueva invitada. ¿Es así cómo se comporta la nobleza¿, ¿es así cómo actúa un príncipe?, ¿Has olvidado tus promesas?, ¿Quééé hisihte del amor que me jurahteee? ¿quééé hisihte de loh besooo que te diii?   sucuááá..."... Ante la amenaza de el bolero que se le venía encima, el Príncipe recobró, ipso facto, la memoria de vagas promesas que le había hecho a nuestra protagonista. Recordó, que una de las noches de pasión tempestuosa y bajo chantaje, se vio obligado a decirle
a Cenicienta, ..."Te encuentro muy atractiva, y con la ropa de caucho negro, te sentaría bien la corona de reina consorte"... -para que ella le otorgara sus favores- Pero, claro está, ése es el tipo  de cosas que se dicen en un momento de arrebato pasional, fuera de contexto, no hay que tomarlas al pie de la letra. Esta forma de retractarse del príncipe, soliviantó aún más -si cabe- a Cenicienta. Y, se aplicó a fondo con él. Lo sometió a toda clase de tortura psicológica, presiones, amenazas..., a todo tipo de chantaje, vejaciones, humillaciones y sevicias. Le habló de forma maliciosa de La Nueva Invitada, hasta conseguir que el Príncipe se bloqueara, y no sintiera nada más que una mezcla de tibio afecto, y miedo sobre todo, por La Nueva Invitada.

..."No puedo prometerte nada, porque ya ves que tengo muchas invitadas, pero algo me dice que eres mi pareja ideal para el baile. De todas formas, sería un placer para mí dar un paseo a caballo contigo por los bosques de palacio."...
El Príncipe, que le había hablado así a La Nueva Invitada, vio como su corazón -el de él- se partía en dos; y no sabía como complacer a las dos mujeres, sin caer en el pecado de la bigamia. Por su parte, Cenicienta, llevada por su amor ilimitado -hamor hilimitado- hacia el Príncipe, y con su afición a parecer la más original de las plebeyas... hubiera participado gustosamente en ejercicios de trigonometría. Pero, La Nueva Invitada no era partidaria de tales vínculos geométricos.

Así, que... el Principito, por lealtad a su pueblo –sobre todo- con gran tristeza de su corazón, tuvo que convertirse en un mercachifle y razonar así, ... "Con Cenicienta tengo la ración de carne asegurada, y una dosis más  que abundante de un sutil sadomasoquismo que, en honor a la verdad, algunas veces no es tan sutil. Sólo es cuestión de adaptar mis sentimientos a los deseos de Cenicienta. Además, siempre puedo cambiar las ligeras imperfecciones de Cenicienta. No hay rosas sin espinas. Y, ella es una rosa. Y, es ambiciosa. Le gusta el poder como a mí, incluso más que a mí. Por ese lado, el Imperio está salvado. A la nueva invitada, sólo le hice la promesa de  internarnos juntos por los bosques de palacio; pero, a Cenicienta le hablé de coronas y de cetros. En cuyo caso, Cenicienta es la primera por riguroso  orden de antigüedad, y por la importancia y gravedad de lo prometido.
Por si fuera poco, está el factor agradecimiento. Junto a Cenicienta descubrí, que la biología puede ser más importante que el Amor.

Y, ¿qué es el Amor? A veces pienso, que no es más que una entelequia. La Reproducción de las Especies, es una verdad constatada. Pero, ¿quién ha visto alguna vez al Amor, cara a cara? No debo olvidar que soy un caballero. Y, que las razones de Estado, están antes incluso, que el Amor.
Por otra parte, a lo mejor Cenicienta está en lo cierto, y la nueva invitada no es trigo limpio. Tengo que ser cauto. Ya no soy ningún niño. Tengo miedo a la soledad. Hay que sentar la cabeza. Si alejo de mí a Cenicienta, y la nueva invitada me rechaza, corro el riesgo de quedarme solo. Más vale bruja en mano que ciento volando."...
Así razonaba nuestro héroe.

Mientras tanto, La Nueva Invitada, que no conocía el alcance exacto de las pasiones desatadas a su alrededor, pero poseía un sexto sentido, reflexionó, ..."Si el príncipe es el hombre predestinado para mi, no debo preocuparme por las intrigas de una mujer. Si... por el contrario es un ser débil, incapaz de luchar por sus sentimientos y que se deja manipular, es mejor que se lo quede Cenicienta. Volveré a mi casa, y después de las vacaciones, haré ese cursillo que siempre quise hacer.”...

© para yogures y cromos: belén tejedor pascual





Advertencia al curioso lector.
Cualquier parecido con la coincidencia, es sólo una realidad.




DESTINOS PARALELOS

(Capítulo 2º, extraído de, LA VIDA SECRETA DE CENICIENTA)



En esos tiempos de la Edad Media Cenicienta aún no era conocida, porque Cenicienta… acababa de nacer.
Aquel día era fiesta en el castillo. Bautizaban al primogénito de los duques. Y el acontecimiento se celebró por todo lo alto. Sin distinción de rango ni clase social, en un gesto que hoy se hubiera considerado democrático, fueron invitados todos los habitantes del castillo y la aldea.
Hubo música y bailarines. Llegaron payasos y volatineros. Y, cómo no... otro signo más que señalaba a Cenicienta entre los elegidos de los dioses: no faltaron los trovadores y juglares. La única que no pudo asistir fue la madre de Cenicienta, pues estaba en pleno proceso de alumbramiento de nuestra protagonista.
Su madrina, no presidió el nacimiento de Cenicienta, (tal y como hubiera sido su obligación de hada madrina) Se había marchado por asuntos profesionales a una isla perfumada por cocoteros y palmeras, de la que no regresaría hasta unos treinta años después, cuando Cenicienta se acercaba a su propia edad media. Motivo por el cual, durante todo ese tiempo, Cenicienta se vio privada de sus dones (de los dones de su hada madrina, queremos decir) Este fue el segundo traspiés de nuestra heroína. Con los años, Cenicienta consideró su primer revés, el no ser un miembro más de la casa ducal.
Rastreando en sus orígenes, en la actualidad podría decirse que los padres de Cenicienta se dedicaban al pluriempleo.
Al padre de Cenicienta, el señor Duque le había asignado la tarea de abrir y cerrar las puertas del castillo amén de, con otros guardianes, vigilar quienes entraban y salían del edificio; pero además era recadero, mensajero, ayudante del herrero... etc. Por su parte, la madre se dedicaba al servicio doméstico: lavandera, freganchina, y otras tareas propias de su sexo y condición.
Pero, en fin... volvamos al festín. Con el trajín de los festejos y con el gran trasiego de gente, prácticamente había desaparecido el control de la guardia, circunstancia que aprovecharon unas malvadas brujas camufladas entre el gentío para introducirse en el castillo. Y, como no hay dos sin tres, este fue el tercer hecho infausto que le ocurrió a Cenicienta en tan corto lapso de tiempo.
Las brujas, que estaban aburridas, se dedicaron a recorrer todas las dependencias del castillo. Amparadas por su facultad para hacerse invisibles, fueron a dar hasta la habitación donde la madre de Cenicienta estaba de parto. Curiosas, asistieron al evento, hasta que Cenicienta dio sus primeros vagidos.
Molesta por los gritos de dolor de la madre y el llanto de recién nacida de la niña, una de las brujas -especialmente maligna- les dijo a las otras dos, ... "ahora vamos a jugar a, El Juego de, El Hada Madrina..." "voy a actuar como si yo fuera su hada madrina..." ... "ya veréis qué divertido..."... Y, dirigiéndose a Cenicienta, le recitó   este oscuro ripio,
"... a fe mía
      que la chirimía
      la sodomía
      la apostasía
      y la fantasía
      serán tu manía"...
y, mirando con malicia a sus compañeras, añadió ..."... querida niña... voy a traspasarte parte de mis poderes...". Automáticamente, a  la bruja le desapareció una de las numerosas verrugas que tenía en su apéndice nasal, al tiempo que a Cenicienta empezó a insinuársele una protuberancia en su naricilla. Además, no contenta con esta broma de tan dudoso gusto, la bruja inspiró a nuestra heroína una violenta e insana pasión por algunos insectos, especialmente hacia las moscas.
Perseguida por il fatum, siendo todavía un bebé diminuto y regordete que no sabía hablar y aún gateaba, Cenicienta empezó a comer moscas. Estos dípteros forjaron la constitución y el carácter de nuestra protagonista.
Papar moscas presagiaba los altos vuelos del espíritu y la altura de pensamiento que marcarían la vida de Cenicienta, sólo comparables a la distancia desde el suelo hasta el aire, que alcanzan, en su revolotear, dichos insectos. En cuanto a su aspecto físico, de pequeña Cenicienta era más bien gordita. Con los años no es que pudiera afirmarse tal cosa, pero en su corta estatura, conservaba el aspecto blando, fofo, grasiento, redondeado y la impresión de suciedad que nos produce cuando vemos una mosca.
El Señor de las Moscas se sintió ofendido al saber que Cenicienta consideraba a sus amadas criaturas como la más importante fuente de proteínas en su régimen alimenticio y juró vengarse, haciendo suya a la pequeña. Para ello, encadenó a Cenicienta al mundo de la Materia, dotándola además de una tontuna y enajenación mentales, que alteraban permanentemente, el ya de por sí precario equilibrio psicológico de la inocente criatura.
Así mismo, por una especie de ósmosis con esos insectos, Cenicienta se vio azuzada por una irresistible comezón. Era incapaz de permanecer quieta y sentada, más de unos pocos minutos. Tenía que levantarse y, de forma compulsiva, imitaba los movimientos en zigzag de las moscas.
Era el suyo, un ir y venir constante... un continuo sinsentido.
La expresión externa de este desasosiego interior, torturaba los nervios de todo aquel que estuviera a su lado. Por eso, se llegó a tachar injustamente a Cenicienta de maleducada y grosera, cuando sólo era una pobre víctima de sucesivas maldiciones.
Por otra parte, era imposible ignorarla. A pesar de su físico insignificante,  y al igual que los mosquitos, los tábanos, las avispas, y las moscas que martirizan a los animales de tiro en sus tegumentos procreativos..., Cenicienta zumbaba alrededor de la persona o personas, de su interés; los aguijoneaba, los pinchaba con una persistencia digna de mejor causa; los sobaba, los manoseaba con sus patitas, hasta que alguno más débil mental que el resto, sucumbía a sus encantos.
Como todos los seres raros y maravillosos, casi desde su nacimiento dio señales de su precoz genio.
Cenicienta, entre otras cualidades, había nacido con una especialmente valiosa y práctica. Si quería conseguir algo de alguien, mediante su sonrisa y el halago persistentes, algunas veces lo conseguía. Esa fue la táctica que empleó con la Duquesa, quien ejerció una especie de mecenazgo sobre la pequeña. Así, Cenicienta aprendió a leer con los hijos de los Duques a los trece años, hecho inusual en una niña de origen plebeyo. Cenicienta se envaneció con sus dotes para las letras, y constantemente hacía alarde de sus conocimientos ante su madre.
  ¡Mamá, -le decía- mira lo que he escrito!
  ... "Esta mañana
       desde mi ventana
       atrapé una rana"...
  o esta otra rima, tan afortunada como la anterior,
  ... "La mosca feliz
       se comió una lombriz"...
  ... "Niña, déjate de pamemas *. -Le decía su madre, con el duro sentido práctico de todos los rústicos- Más te valdría ayudarme a darle de comer a los cerdos"...Esta respuesta reiterada de su madre la entristecía, pues lo único que le gustaba de los cerdos, era el jamón.
Las relaciones con su madre fueron deteriorándose, ya que Cenicienta la odiaba, además de estar secretamente enamorada de su padre. Y aunque éste quería a la niña, tampoco la comprendía. Esta situación de incomprensión familiar, produjo una insalvable distancia entre ella y sus progenitores, demasiado ocupados en sus labores como para prestarle atención, a ella y a sus poemas.
Cenicienta fue encerrándose en sí misma, alejándose cada día más y más de la realidad. Incluso se inventó un mundo propio, hasta el punto de llegar a creer que, en realidad... ella era hija de su padre y de la duquesa.
Para reafirmar este supuesto, se construyó un gorro en forma de capirote, a fin de imitar la elegancia de la que imaginaba ser su madre. Cenicienta consideraba que el capirote le daba un toque de distinción y aumentaba su corta estatura, evitando además, que se le escaparan las ideas.

* Algunos lingüistas actuales, después de devanarse los sesos sobre la génesis de poema, creen que puede tener su origen en la palabra pamema, que tanto empleaba la madre de Cenicienta y que, a su vez, podemos asociar con nuestra heroína y sus poemas

Así mismo, le cambió al pastor del pueblo, uno de sus poemas escrito en pergamino, por la flauta que éste tenía. Y con ella entonaba alegres melodías.
Cenicienta no se quitaba el capirote ni para dormir, ni soltaba la flauta un segundo. Por lo cual, los niños más crueles de la aldea, empezaron a tirarle piedras y a insultarla, ..."¡Eres una tonta de capirote..., tonta de capirote”!... le gritaban. Pero, Cenicienta era impermeable a esos insultos; los consideraba producto de la envidia y la ignorancia de aquellos palurdos y, en su fuero interno, los despreciaba.
Ahora volvamos al núcleo familiar.
Sus padres, alarmados ante el cariz que iban tomando los acontecimientos, barruntaron que en cualquier momento el brazo seglar de la Iglesia podía hacer acto de presencia en la vida de Cenicienta, con unas consecuencias impredecibles, pero a buen seguro muy desagradables para nuestra protagonista. Podían llegar a acusarla de herejía o de estar poseída por el demonio.
Para evitar males mayores, a falta de instituciones más adecuadas en aquellos tiempos y, con la intercesión del señor Duque, -que apreciaba a sus vasallos, los padres de Cenicienta- decidieron enviarla a un convento.
Al carecer de patrimonio financiero, en cuanto llegó le dieron los más duros trabajos de la cocina y el huerto. La joven, vio como iba malográndose su talento. Ella ambicionaba ser copista de manuscritos, y poder escribir y componer hermosas antífonas en honor de Nuestra Señora, la Virgen María.
Para conseguir sus propósitos, trazó un plan.
Había observado en algunas ocasiones, las relaciones entre dos novicias y, en su inocencia, creyó que todas las mercedes que las novicias recibían de la madre abadesa, eran producto de ese tipo de relaciones. Cenicienta, se dispuso a seguir el ejemplo. Y en cuanto tuvo oportunidad de acercarse a la madre superiora, intentó ganarse sus favores con adulación, acompañando sus palabras de gestos equívocos. La madre superiora reaccionó en contra de lo esperado por Cenicienta, y la envió a limpiar las letrinas. Su aguda sensibilidad no pudo soportar tan sucia tarea, y decidió huir de aquel lugar.
Antes de fugarse, pudo recuperar el capirote y la flauta, que las monjas le habían requisado a su llegada al convento, y una noche sin luna logró saltar las altas tapias del edificio. Esta hazaña casi le cuesta la rotura de una pierna, aparte de numerosos arañazos, pues al atravesar el muro se le enredó el capirote en las ramas de una higuera, de la que Cenicienta no tenía constancia, y ella misma estuvo a punto de quedarse colgada -de la higuera- para siempre.
Felizmente, consiguió zafarse del árbol y rescatar el capirote. Acompañada de sus dos pertenencias más preciadas, -el capirote y la flauta- prosiguió su aventura.
Con el tiempo, no recordaba muy bien cómo había sucedido la anécdota de su fuga del convento; aunque más tarde llegó a asegurar, valiéndose de su fantasía y en una licencia poética... haberse escapado, volando.
Caminó toda la noche sin rumbo, pues no sabía dónde estaba ni a dónde podía dirigirse. Con semejante caminata empezaba a tener hambre, pero era feliz porque se sentía libre. Ya casi amanecía, cuando vio las luces de las hogueras de un campamento. A medida que iba acercándose, se dio cuenta de que se trataba de una compañía de cómicos. Con sus carromatos habían formado un fuerte en forma de herradura y, por la entrada al fortín, hacia el fondo, se divisaba un entramado de madera que parecía ser el escenario. También se distinguía claramente, en lo alto del escenario, en un cartel pintado con grandes caracteres góticos, el nombre de la compañía teatral,"EL RETABLO DE MAESE RINALDO", y debajo de éste en letras más pequeñas, "Rey de los cíngaros"...
Allende los mares, al otro lado del Atlántico, el Príncipe languidecía aquejado de una extraña melancolía, y sólo salía de su ensimismamiento, para ejecutar de puntillas pasos de ballet con sus amigos y para componer versos.
Había rechazado una tras otra, a todas las doncellas casaderas del reino. La Corte, estaba hondamente preocupada, porque al príncipe hacía ya años que se le había pasado el arroz y, de seguir así, pronto se agotarían las escasas perspectivas para una próxima sucesión al trono. Presionados por los cortesanos, sus padres tomaron la determinación de consultar a los dioses. Fueron a hablar con el Gran Sacerdote del templo, y éste creyó encontrar la solución al problema.
Se avecinaba la fiesta anual del país, en honor de Huitzilpoctli. En una ceremonia expiatoria y a la vez propiciatoria, se sacrificaban cientos de prisioneros; de entre éstos, destinaron al más apuesto y varonil para un rito de fertilidad, seguros de transmitir al príncipe mediante la magia por empatía, las cualidades de la víctima (sobre todo, la capacidad reproductora del prisionero, quién bajo tormento había confesado ser padre de veinte hijos legítimos, y otros tantos, naturales)
El Sumo Sacerdote, regocijado por su propia inteligencia, -la, de él- se frotaba las manos al pensar que, con esta solución tan brillante que se le había ocurrido -a, él- mataba dos pájaros de un tiro. Por una parte, resolvían el problema de la virilidad del príncipe... y, por otra, podían averiguar cual era la candidata más idónea, para ser la esposa del heredero de la corona.
Y llegó el día señalado por los astrólogos. En un ritual donde participaba todo el pueblo, fueron sacrificados uno tras otro, todos los prisioneros, dejando para el final al cautivo que redimiría al príncipe.
Sobre un altar de piedra yacía el prisionero. Entre salmodias, cánticos y drogas inductoras del trance, y con la fría precisión de un matarife profesional, el sumo sacerdote empuñó el cuchillo de obsidiana y arrancando el corazón del prisionero, lo elevó al cielo en busca de la respuesta del dios. Entonces a coro, los profetas leyeron sus entrañas aún calientes, y en la neblina del vaho que éstas despedían, vieron  a Cenicienta, e interpretaron que el capirote se trataba de una corona real, de lo cual dedujeron que la poseedora del capirote, -Cenicienta- era de ascendencia noble y, la única capaz de asumir con dignidad, el papel de reina consorte.
En vista de lo visto, los augures sentenciaron que el príncipe debía partir en búsqueda de Cenicienta, cruzando el mar hacia el país de los bosques y los conejos.
De esta forma, quedaron sellados los destinos de Cenicienta y
el Príncipe.
Y, esta es la historia, señores... Espero que le haya gustado a vuesas mercedes, y en nuestra próxima visita este pueblo, contaros otra de las famosas aventuras de, LA VIDA SECRETA DE CENICIENTA.

 
© para yogures y cromos: belén tejedor pascual


 












viernes, 2 de septiembre de 2011


Encuentros

 


Hará de esto, unos nueve o diez años. Yo vivía todavía en el centro de la ciudad de  Madrid.
Mi personaje parecía salido de un cuento de Las Mil y Una Noches, procedente quizá, de un pueblo remoto de las montañas del Atlas. Le faltaba un brazo, era tuerto y tenía la nariz cortada –Entonces recordé, que en los países islámicos a los ladrones suelen cortarles la nariz o, las manos- De aspecto físico descuidado y sucio. Su expresión torva, taimada y malencarada, denotaban una existencia y un pasado turbulentos. Ya me había venido fijando en él desde hacía dos o tres años, -Lo cierto es… que no creo que pasara desapercibido para nadie- en aquella época parecía moverse por la Zona Centro o, en el Metro. Aún desconociéndolo todo sobre él -salvo su expresión física-  me inspiraba miedo y aprensión.

Ese miedo y aprensión llegaron al límite, el día que según volvía del Parque del Retiro con un amigo, en uno de los vagones del Metro -atestado de gente- el hombre de la nariz cortada se puso a nuestro lado. Le advertí a mi amigo al oído que estuviera vigilante. Como decía, en el vagón íbamos como sardinas en lata y el norteafricano de vez en cuando parecía tropezar conmigo de forma casual e inevitable, por la falta de espacio y los giros tan bruscos del tren. La prudencia que le recomendé a mi acompañante, no la apliqué para mí; tendría que haberme cambiado de sitio, pero pensé que toda la gente es inocente mientras no se demuestre lo contrario, y no me moví de donde estaba. Cuando llegamos a nuestra parada y salimos a la superficie, le dije a mi amigo que buscara en su bolsa, y comprobara si tenía todas sus pertenencias. Me dijo que sí. Por mi parte hice lo mismo. Sin sorpresa, constaté que me faltaban documentos, el DNI, el abonotransporte
-entre otros- y la cartera. Denuncié la sustracción en la comisaría de mi barrio, y poco después me olvidé del incidente.

Desde hace cinco años vivo en el barrio de Chamberí, y ahora otro personaje fascinante es motivo de mi curiosidad. Se trata de una mujer de edad indefinida, que más que bajita, se diría que ha tenido problemas de enanismo. No sé exactamente cuanto medirá, pero calculo que alrededor del metro de estatura. Esta mujercita tiene un rostro muy agradable. Usa gafas transparentes, grandes, casi cuadradas y tiene una mirada limpia, franca, abierta, feliz y sin complejos. A su manera modesta y discreta es coqueta, y va siempre muy arreglada. Parece un hada buena.
Y aunque no nos conocemos, ni sabemos nada la una de la otra, cuando coincidimos en unos grandes almacenes de Arapiles o por la calle, me sonríe entre pícara y bondadosa. Yo le respondo en los mismos términos, y alguna vez he sentido ganas de abrazarla y darle un beso, como si fuera una amiga muy querida.

Después de aquel –anunciado- robo en el Metro, no he vuelto a ver al hombre de la nariz cortada. No sé si ha regresado a su país, si lo han encarcelado o, si ha desaparecido… en una noche donde la única luz que brillaba era la de las navajas.
En ocasiones, me gusta pensar que no está totalmente perdido, y que algunas veces se encuentra en los jardines del Campo del Moro con el hada buena pequeñita, y ésta, además de una de sus encantadoras sonrisas, le regala un manojo de flores silvestres con su mano derecha, mientras que, como en un cuento oriental, con su mano izquierda le tiende un pequeño canto  mágico, modelado por las aguas… un guijarro que, semejante a una piedra preciosa, desprende luz y esperanza.

© para yogures y cromos: belén tejedor pascual